Pienso a menudo en los que fueron realmente grandes.
Aquellos que, desde el vientre, recordaban la historia del alma
entre corredores de luz donde las horas son soles
interminables que cantan. Aquellos cuya hermosa ambición
era que sus labios, aún acariciados por el fuego,
hablaran del Espíritu ataviado de pies a cabeza por el canto.
Aquellos que de las ramas de la Primavera atesoraron
los deseos que caían como flores a través de sus cuerpos.
Lo valioso es jamás olvidar
el deleite esencial de la sangre extraída de eternos manantiales
que corren entre rocas de mundos anteriores a nuestra tierra.
Jamás negar su placer bajo la sencilla luz de la mañana
ni su grave exigencia de amor al anochecer.
Jamás permitir que el ruido y la bruma del tráfico
asfixien gradualmente el florecer del Espíritu.
Cerca de la nieve, cerca del sol, en los más altos campos,
mira la forma en que estos nombres son celebrados
por la hierba que ondea, por las serpentinas de nubes blancas
y los murmullos del viento en el cielo que escucha.
Los nombres de aquellos que en sus vidas lucharon por la vida,
que en sus corazones llevaron el centro del fuego.
Nacidos del sol, viajaron por un breve tiempo hacia el sol
y rubricaron el aire vívido con su honor.
Stephen Spender