Hace unos cuantos días que tengo ganas de hablar de la guerra interna del PP. Aunque me encantaría hacer leña del árbol caído, no puedo porque el árbol sigue, incomprensiblemente, en pie.
A los ojos de una persona de bien, se hace muy difícil ver cómo toda esta cuadrilla de delincuentes se pelean unos contra otros dejando, además, constancia de todo ello.
Leer lo que dijo el vicealcalde de Madrid refiriéndose al miedo que tenía por él y por sus hijos, debería quitarle la venda de los ojos al seguidos más acérrimo de los conservadores. Estas prácticas mafiosas son propias de este partido y de otros correligionarios (nunca mejor dicho) europeos, así que no sorprenden a nadie, pero esta vez todo ha sido más obvio que nunca.
Desde la convicción de que ésta no es la única forma de hacer política, de que las ideas y los proyectos pueden más que las oportunidades y las mentiras, mi supuesta ingenuidad y yo seguiremos intentando hacer algo para que esto cambie.
Mientras tanto, taparán sus caras y sus actos con máscaras de muchos colores y formas, que convencen a unos pocos y consiguen provocar asco en muchos otros.
Eso sí, lo curioso (y lo peor) es que algunos van y les votan. Hay gente para todo.
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