La interpretación de Robert Aramayo es el elemento diferencial de esta buena película. Y por eso será eterna.
La historia real de John Davidson, diagnosticado con el síndrome de Tourette a los 15 años, se cuenta sin sentimentalismos ni vacuidades.
Gran fondo, pero también buenas formas.
La cinta está bien dirigida y el reparto es solvente. Pero lo mejor es la manera de recrear la vida y la enfermedad.
Directa y positiva.
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